A Nueva Orleans la precede el ritmo. Su sola mención evoca escenas de jazz callejero, carnaval y balcones floridos. Conocida como “la ciudad menos estadounidense” de Estados Unidos, sigue bebiendo de su pasado europeo y caribeño, y sin embargo, condensa como ninguna otra la historia de la llamada “tierra de las oportunidades”.

Fiesta continua y tragedia desoladora, historia de abuso racial y cuna de los derechos civiles, NOLA (acrónimo de New Orleans, estado de Louisiana) sigue respirando a ritmo sincopado confiando en que el río Misisipi no la vuelva a hacer enmudecer.

rimer día
10.00 El trayecto no podía empezar en un lugar diferente al French Quarter o barrio francés, epicentro de la agitada vida nocturna de la vieja Nueva Orleans y de su archiconocido Mardi Gras. La imagen típica de la ciudad, con su arquitectura colonial, sus balcones con forjado de hierro, sus galerías y sus arcos encuentra entre estas calles algunos de sus mejores ejemplos. Un momento. ¿Barrio... francés? Gran parte de las edificaciones que dan fama a la ciudad son en realidad españolas, y es que en la batalla del legado para la historia, la victoria cayó sin duda del lado francés.

Si bien La Nouvelle-Orléans fue fundada en el siglo XVIII por el gobernador francés Jean-Baptiste Le Moyne de Bienville en homenaje al duque de Orleans, la villa pasó a manos españolas en 1763 por el apoyo prestado en la guerra contra Inglaterra. Durante las cuatro décadas siguientes la ciudad fue territorio español y bajo ese dominio se encontraba cuando el gran incendio de 1788 obligó a reconstruir la ciudad prácticamente desde cero, incluyendo el barrio que nos ocupa. El consuelo, eso sí, llega en forma de placa callejera que muestra la nomenclatura de la época en la que NOLA era la capital de la provincia española de Luisiana (sic).

La consigna aquí es clara: deambular con libertad y permitirte tantos rodeos como te pida el cuerpo. Royal Street, Chartres Street, Bourbon Street (como el destilado, el origen del nombre hace referencia en realidad a la Casa de Borbón), Saint Ann... El barrio es un hervidero de anécdotas.

Valga como muestra la que señala a uno de los edificios a priori menos vistosos de la zona: Napoleon House. En este destartalado inmueble y con el eco francés aún reciente se urdió un plan para rescatar a Napoleón de su destierro en Santa Elena. La confabulación incluía un barco pirata, un acaudalado patrocinador... y un gran chasco al conocer la noticia de la muerte del general antes de poder hacer nada.

Empieces por donde empieces, tu destino será Jackson Square, y procurá que el reloj de la impoluta catedral de Saint Louis no marque más de las 12: el tiempo es oro y hay mucho que ver.

12.00 Esta pequeña plaza ejerce de hilo conductor ideal para retomar la historia de esta singular ciudad. Ubicate en el centro: la planta de la explanada es una copia de la Place des Vosges de París. Frente a vos, el conjunto arquitectónico formado por la catedral de Saint Louis, el Cabildo y el Presbytère son de construcción española. A tu espalda, la estatua ecuestre del general (y séptimo presidente estadounidense) Andrew Jackson devuelve la conciencia al estado actual de las cosas. Aquí tuvo lugar uno de los episodios más relevantes del pasado de la villa: su venta a Estados Unidos dentro de la transacción de Louisiana una vez retornada a manos francesas.

En el episodio intervinieron el pragmatismo americano -en busca de un acceso directo al comercio a través del Misisipi-, el odio atávico de Francia hacia el inglés -que llevó a Napoleón a malvender un área que llegaba desde el golfo de México hasta Canadá solo para complicarle la vida al reino- y una pasividad española difícil de entender.

Dejando de lado la catedral (si conocés las iglesias de Europa, su interior no te impresionará demasiado), los edificios que la flanquean ofrecen más de lo que prometen a primera vista. El Cabildo, antigua sede del gobierno de Louisiana, opera actualmente como museo de historia de la región, mientras que el Presbytère cuenta con una sobrecogedora exposición sobre los efectos del huracán Katrina que en 2005 inundó el 80 por ciento de la ciudad y causó la muerte de más de 1.400 personas, además de la evacuación de nueve de cada diez vecinos. Con un evidente desdén por cualquier intento de homogeneizar la línea argumental del museo, en el piso superior se pueden admirar los excesos decorativos del Mardi Gras, otra muestra que merece la pena visitar.

El hambre aprieta. Hora de elegir entre probar las especialidades de la gastronomía cajún y criolla en el Orleans Grapevine Wine Bar (720 Orleans Avenue) o un plan más informal con una muffuletta (sándwich típico de Nueva Orleans) frente al Misisipi en uno de los bancos del Washington Artillery Park, a metros de Jackson Square.

15.00 La huella del colonialismo europeo es una de las marcas de Nueva Orleans, pero su esencia es indudablemente negra, africana y criolla. Esa es la historia que nos cuenta Tremé, el barrio afroamericano más antiguo del país.

Por su situación geográfica, NOLA pronto se convirtió en uno de los principales puertos de comercio de esclavos, llegados principalmente del Golfo de Guinea. La convivencia entre colonos y esclavos no tardó en dar lugar a uniones mixtas -desde todos los puntos de vista descompensadas- que llevaron a la aparición de una tercera comunidad: las personas de color libres (free people of color), con una consideración y una serie de derechos impensable en cualquier otro punto del país.

Una de las contradicciones más extraordinarias de Nueva Orleans -un lugar en el que aún se pueden visitar plantaciones que usaron mano de obra esclava- es haber ejercido de caldo de cultivo para la gestación de los primeros movimientos por los derechos civiles gracias, en parte, a esta sociedad a medio camino entre europeos y africanos que fue capaz de prosperar con su actividad comercial.

Tremé es autenticidad, pero también hay algo de engañoso en su oferta cultural: con un concepto algo laxo de “museo”, el African American Museum y el Backstreet Cultural Museum no acaban de hacer justicia al legado de la comunidad en la ciudad . Lo mejor: visitar la plaza Louis Armstrong y presentar los debidos respetos a esta leyenda del jazz, así como a las brass bands que popularizaron el baile en las calles con sus improvisadas actuaciones. En un costado del parque, la Congo Square recuerda que no mucho tiempo atrás, los esclavos más afortunados acudían a esta plaza a comprar su libertad; los menos, a aprovechar los escasos ratos libres para bailar y socializar.

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16.00 “Nueva Orleans” y “desembarco de Normandía”. A priori dos conceptos poco relacionados, ¿no? Otro as en la manga -uno más- de esta ciudad: el National WWII Museum es uno de los mejores del país en la materia, e incluye multitud de objetos originales del conflicto: desde armas hasta aviones reconstruidos, pasando por uniformes e indumentaria de los soldados aliados.

El edificio por sí solo ya merece la pena la visita, con un estilo sobrio rayando en lo militar que contrasta con el espacio principal en el que los aviones de combate aliados suspendidos del techo otean el terreno en busca de las líneas enemigas. El acertado planteamiento del museo permite que el visitante pueda elegir entre quedarse con lo más llamativo o profundizar hasta un nivel muy avanzado en las tácticas y estrategias militares de la contienda. Si hiciera falta algún reclamo adicional, existe la posibilidad de contemplar un ejemplar de la célebre máquina Enigma, el ingenio alemán que trajo de cabeza a los aliados durante el conflicto. Considerado durante años el dispositivo más indescifrable creado por el hombre, hizo falta un equipo formado por las mejores mentes para vencer el complejo sistema de rotores y cableado que lograba un encriptado endemoniadamente fiable.

18.00 El día empieza a languidecer... justo cuando el Barrio Francés despierta de nuevo. Lo mejor es dejarse guiar por la melodía y volver a ver sus recovecos con otros ojos. La cena hoy no es negociable: el Galatoire’s, en Bourbon Street, o el Court of Two Sisters, son las opciones.

21.00 Jazz. En directo. A centímetros de los músicos. En un edificio que habías dado por abandonado. Por desahuciado. Con orden de derribo incluida. Esa es la experiencia del Preservation Hall, conciertos en un enclave venerable que se vuelven un diálogo uno a uno entre la banda y el público. Con una puesta en escena similar al teatro (hay diferentes pases y el local no ofrece bebidas), las “funciones” son una breve pero intensa lección del jazz en su vertiente más tradicional. Capacidad (muy) limitado. Hay que reservar.

Segundo día
10.00 Al igual que en la lotería, en Magazine Street el número lo es todo. Si bien oirás que es una buena opción para ir de compras, aventurarte en alguno de sus tramos puede hacer que acabes frente a la más atractiva de las vidrieras... o ante un almacén abandonado en medio de la carretera. Aquí deambular no es una opción: en sus casi 8 km de extensión combina zonas residenciales de postal, áreas comerciales y escenarios ideales para la producción de cine de terror.

Magazine Street te exige ir con los deberes hechos.

Comenzando en Felicity Street y avanzando en dirección oeste, las tiendas se suceden a ambos lados: decoración, moda, antigüedades... una pena no haber llenado más la cartera antes de salir. Unas calles más adelante, sin embargo, el arrepentimiento vendrá por no haber llenado más la cuenta bancaria antes de aterrizar: ¡las cuidadas villas de estilo colonial invitan a soñar con dejarlo todo atrás y empezar una nueva vida entre estas paredes!

Alguna de las típicas viviendas locales de tejado plano (en lugar del clásico a dos aguas), con sus coquetos y cuidados porches, será “la elegida” solo para descubrir un par de pasos más allá que otra es la definitiva... y vuelta a empezar.

12.00 Lo que se abre ante vos es Garden District... o el éxtasis hecho barrio para los amantes de la arquitectura. Esta es la parte de la escapada en la que te quedarás sin adjetivos. No son necesarios: el ladrillo y el hierro forjado hablan por sí mismos y cuentan una historia que comienza con una taza de té en el porche en una calurosa y húmeda mañana mitigada por la sombra que ofrece la hilera de robles frente al jardín.

Begoña Goitia/ La Vanguardia